- 06-02-2008 02:59 PM #241
De GALEANO, Eduardo, Las venas abiertas de América Latina, Buenos Aires, Siglo Veintiuno Argentina Editores,1975, del capítulo Fiebre del oro, Fiebre de la Plata.
A la economía colonial latinoamericana dispuso de la mayor concentración de fuerza de trabajo hasta entonces conocida, para hacer posible la mayor concentración de riqueza que jamás haya dispuesto civilización alguna en la historia mundial.
Aquella violenta marea de codicia, horror y bravura no se abatió sobre estas comarcas sino al precio del genocidio nativo (…) Aztecas, incas y mayas sumaban entre setenta y noventa millones de personas cuando los conquistadores extranjeros aparecieron en el horizonte; un siglo y medio después se habían reducido, en total, a sólo tres millones y medio. […]
Manaba sin cesar el metal de las vetas americanas y de la corte española llegaban, también sin cesar, ordenanzas que otorgaban una protección e papel y una dignidad de tinta a los indígenas, cuyo trabajo extenuante sustentaba al reino. (…) entre 1616 y 1619 el visitador y gobernador Juan de Solórzano hizo una investigación sobre las condiciones de trabajo en las minas de mercurio de Huancavélica: “… el veneno penetraba en la pura médula, debilitando los miembros todos y provocando un temblor constante, muriendo los obreros, por lo general, en el espacio de cuatro años”, informó al Consejo de Indias y al monarca. (…)
En tres centurias, el cerro rico de Potosí quemó, según Josiah Conder, ocho millones de vidas. Los indios eran arrancados de las comunidades agrícolas y arriados, junto con sus mujeres y sus hijos, rumbo al cerro. De cada diez que marchaban hacia los altos páramos helados, siete no regresaban jamás. Luis Capoche, que era dueño de minas y de ingenios, escribió que “estaban los caminos cubiertos que parecía que se mudaba el reino”. En las comunidades, los indígenas habían visto “volver muchas mujeres afligidas sin sus maridos y muchos hijos huérfanos sin sus padres” y sabían que en la mina esperaban “mil muertes y desastres”. Los españoles batían cientos de millas a la redonda en busca de mano de obra. Muchos de los indios morían por el camino, antes de llegar a Potosí. Pero eran las terribles condiciones de trabajo en la mina las que más gente mataban. El dominico fray Domingo de Santo Tomás denunciaba al Consejo de Indias, en 1550, a poco de nacida la mina, que Potosí era una “boca del infierno” que anualmente tragaba indios por millares y millares y que los rapaces mineros trataban a los naturales “como a animales sin dueño”. Y Fray Rodrigo de Loaysa diría después: “Estos pobres indios son como las sardinas en el mar. Así como los otros peces persiguen a las sardinas para hacer presa de ellas y devorarlas, así todos en estas tierras persiguen a los miserables indios…”
[…] Las glaciares temperaturas de la intemperie alternaban con los calores infernales en lo hondo del cerro. Los indios entraban en las profundidades, “y ordinariamente los sacan muertos y otros quebradas las cabezas y piernas , y en los ingenios cada día se hieren”. (…)
La “mita” era una máquina de triturar indios. El empleo del mercurio para la extracción de la plata por amalgama envenenaba tanto o más que los gases tóxicos en el vientre de la tierra. Hacía caer el cabello y l os dientes y provocaba temblores indominables. Los “azogados” se arrastraban pidiendo limosna por las calles. Seis mil quinientas fogatas ardían en la noche sobre las laderas del cerro rico, y en ellas se trabajaba la plata valiéndose del viento que enviaba el “glorioso San Agustino” desde el cielo. A causa del humo de los hornos no había pastos ni sembradíos en un radio de seis leguas alrededor de Potosí, y las emanaciones no eran menos implacables con los cuerpos de los hombres
- 06-02-2008 03:04 PM #242
doobleee
Última edición por Mariot; 06-02-2008 a las 03:20 PM
- 06-02-2008 03:07 PM #243
ouch
- 29-06-2008 04:32 PM #244
Pichón crecidito
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Hermano, deja que te tutee -dijo Peeperkorn, echando hacia atrás su fornido cuerpo, presa de una embriaguez rebosante de libertad y orgullo, estirado el brazo sobre la mesa y golpeándola con el puño sin fuerza-, deja que te tutee, te tutearé dentro de poco..., dentro de poco, cuando la cordura... Bien. ¡Punto redondo! La vida, joven, es una mujer tumbada, con los pechos llenos y prietos, con un gran vientre liso y blanco entre las caderas robustas, con los brazos frágiles, los muslos carnosos y los ojos entornados, que, en su provocación magnífica y burlona, exige nuestro más alto valor, toda la fuerza de nuestro deseo masculino que le haga frente o que se rinda vencido..., vencido joven, ¿comprende lo que esto significaría? La derrota del sentimiento ante la vida, ésa es la debilidad para la cual no hay perdón, no hay piedad, no hay dignidad, sino que se maldice despiadada y sardónicamente. ¡Punto redondo, joven! Asunto zanjado... Vergonzante y deshonroso son calificativos débiles para indicar esa ruina y esa quiebra, para ese espantoso ridículo. Es lo último, desesperación infernal, el fin del mundo.
Thomas Mann - "La montaña mágica"
- 28-09-2008 03:56 PM #245
Balzac, en su novela Sarrasine, hablando de un castrado disfrazado de mujer, escribe lo siguiente: «Era la mujer, con sus miedos repentinos, sus caprichos irracionales, sus instintivas turbaciones, sus audacias sin causa, sus bravatas y su exquisita delicadeza de sentimientos.» ¿Quién está hablando así? ¿El héroe de la novela, interesado en ignorar al castrado que se esconde bajo la mujer? ¿El individuo Balzac, al que la experiencia personal ha provisto de una filosofía sobre la mujer? ¿El autor Balzac, haciendo profesión de ciertas ideas «literarias» sobre la feminidad? ¿La sabiduría universal? ¿La psicología romántica Nunca jamás será posible averiguarlo, por la sencilla razón de que la escritura es la destrucción de toda voz, de todo origen. La escritura es ese lugar neutro, compuesto, oblicuo, al que van a parar nuestro sujeto, el blanco-y-negro en donde acaba por perderse toda identidad, comenzando por la propia identidad del cuerpo que escribe.
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Siempre ha sido así, sin duda: en cuanto un hecho pasa a ser relatado, con fines intransitivos y no con la finalidad de actuar directamente sobre lo real, es decir, en definitiva, sin más función que el propio ejercicio del símbolo, se produce esa ruptura, la voz pierde su origen, el autor entra en su propia muerte, comienza la escritura. No obstante, el sentimiento sobre este fenómeno ha sido variable; en las sociedades etnográficas, el relato jamás ha estado a cargo de una persona, sino de un mediador, chamán o recitador, del que se puede, en rigor, admirar la «performance» (es decir, el dominio del código narrativo), pero nunca el «genio». El autor es un personaje moderno, producido indudablemente por nuestra sociedad, en la medida en que ésta, al salir de la Edad Media y gracias al empirismo inglés, el racionalismo francés y la fe personal de la Reforma, descubre el prestigio del individuo o, dicho de manera más noble, de la «persona humana». Es lógico, por lo tanto, que en materia de literatura sea el positivismo, resumen y resultado de la ideología capitalista, el que haya concedido la máxima importancia a la «persona» del autor. Aún impera el autor en los manuales de historia literaria, las biografías de escritores, las entrevistas de revista, y hasta en la misma conciencia de los literatos, que tienen buen cuidado de reunir su persona con su obra gracias a su diario íntimo; la imagen de la literatura que es posible encontrar en la cultura común tiene su centro, tiránicamente, en el autor, su persona, su historia, sus gustos, sus pasiones; la crítica aún consiste, la mayor parte de las veces, en decir que la obra de Baudelaire es el fracaso de Baudelaire como hombre; la de Van Gogh, su locura; la de Tchaikovsky, su vicio: la explicación de la obra se busca siempre en el que la ha producido, como si, a través de la alegoría más o menos transparente de la acción, fuera, en definitiva, siempre, la voz de una sola y misma persona, el autor, la que estaría entregando sus «confidencias».
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Aunque todavía sea muy poderoso el imperio del Autor (la nueva a crítica lo único que ha hecho es consolidarlo), es obvio que algunos escritores hace ya algún tiempo que se han sentido tentados por su derrumbamiento. En Francia ha sido sin duda Mallarmé el primero en ver y prever en toda su amplitud la necesidad de sustituir por el propio lenguaje al que hasta entonces se suponía que era su propietario; para él, igual que para nosotros, es el lenguaje, y no el autor, el que habla; escribir consiste en alcanzar, a través de una previa impersonalidad – que no se debería confundir en ningún momento con la objetividad castra- dora del novelista realista – ese punto en el cual sólo el lenguaje actúa, «performa»,* y no «yo». toda la poética de Mallarmé consiste en suprimir al autor en beneficio de la escritura (lo cual, como se verá, es devolver su sitio al lector). Valéry, completamente enmarañado en una psicología del Yo, edulcoró mucho la teoría de Mallarmé, pero, al remitir por amor al clasicismo, a las lecciones de la retórica, no dejó de someter al Autor a la duda y la irrisión, acentuó la naturaleza lingüística y como «azarosa» de su actividad, y reivindicó a lo largo de sus libros en prosa la condición esencialmente verbal de la literatura, frente a la cual cualquier recurso a la interioridad del escritor le parecía pura superstición. El mismo Proust, a pesar del carácter aparentemente psicológico de lo que se suele llamar sus análisis, se impuso claramente como tarea el emborronar inexorablemente, gracias a una extremada sutilización, la relación entre el escritor y sus personajes: al convertir al narrador no en el que ha visto y sentido, ni siquiera el que está escribiendo, sino en el que va a escribir (el joven de la novela – pero, por cierto, ¿qué edad tiene y quién es ese joven’? – quiere escribir, pero no puede, y la novela acaba cuando por fin se hace posible la escritura), Proust ha hecho entrega de su epopeya a la escritura moderna: realizando una inversión radical, en lugar de introducir su vida en su novela, como tan a menudo se ha dicho, hizo de su propia vida una obra cuyo modelo fue su propio libro, de tal modo que nos resultara evidente que no es Charlus el que imita a Montesquiou, sino que Montesquiou, en su realidad anecdótica, histórica, no es sino un fragmento secundario, derivado, de Charlus. Por último, el Surrealismo, ya que seguimos con la prehistoria de la modernidad, indudablemente, no podía atribuir al lenguaje una posición soberana, en la medida en que el lenguaje es un sistema, y en que lo que este movimiento postulaba, románticamente, era una subversión directa de los códigos –ilusoria, por otra parte, ya que un código no puede ser destruido, tan sólo es posible «burlarlo»– pero al recomendar incesantemente que se frustraran bruscamente los sentidos esperados (el famoso «sobresalto» surrealista), al confiar a la mano la tarea de escribir lo más aprisa posible lo que la misma mente ignoraba (eso era la famosa escritura automática), al aceptar el principio y la experiencia de una escritura colectiva, el Surrealismo contribuyó a desacralizar la imagen del Autor. Por último, fuera de la literatura en sí (a decir verdad, estas distinciones están quedándose caducas), la lingüística acaba de proporcionar a la destrucción del Autor un instrumento analítico precioso, al mostrar que la enunciación en su totalidad es un proceso vacío que funciona a la perfección sin que sea necesario rellenarlo con las personas de sus interlocutores: lingüísticamente, el autor nunca es nada más que el que escribe, del mismo modo que yo no es otra cosa sino el que dice yo: el lenguaje conoce un «sujeto», no una «persona», y ese sujeto, vacío excepto en la propia enunciación, que es la que lo define, es suficiente para conseguir que el lenguaje se «mantenga en pie», es decir, para llegar a agotarlo por completo.
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El alejamiento del Autor (se podría hablar, siguiendo a Brecht, de un auténtico «distanciamiento», en el que el Autor se empequeñece como una estatuilla al fondo de la escena literaria) no es tan sólo un hecho histórico o un acto de escritura.’ transforma de cabo a rabo el texto moderno (o – lo que viene a ser lo mismo – el texto, a partir de entonces, se produce y se lee de tal manera que el autor se ausenta de él a todos los niveles). Para empezar, el tiempo ya no es el mismo. Cuando se cree en el Autor, éste se concibe siempre como el pasado de su propio libro: el libro y el autor se sitúan por sí mismos en una misma línea, distribuida en un antes y un después: se supone que el Autor es el que nutre al libro, es decir, que existe antes que él, que piensa, sufre y vive para él; mantiene con su obra la misma relación de antecedente que un padre respecto a su hijo. Por el contrario, el escritor moderno nace a la vez que su texto; no está provisto en absoluto de un ser que preceda o exceda su escritura, no es en absoluto el sujeto cuyo predicado sería el libro; no existe otro tiempo que el de la enunciación, y todo texto está escrito eternamente aquí y ahora. Es que (o se sigue que) escribir ya no puede seguir designando una operación de registro, de constatación, de representación, de «pintura» (como decían los Clásicos), sino que más bien es lo que los lingüistas, siguiendo la filosofía oxfordiana, llaman un performativo, forma verbal extraña (que se da exclusivamente en primera persona y en presente) en la que la enunciación no tiene más contenido (más enunciado) que el acto por el cual ella misma se profiere: algo así como el Yo declaro de los reyes o el Yo canto de los más antiguos poetas; el moderno, después de enterrar al Autor, no puede ya creer, según la patética visión de sus predecesores, que su mano es demasiado lenta para su pensamiento o su pasión, y que, en consecuencia, convirtiendo la necesidad en ley, debe acentuar ese retraso y «trabajar» indefinidamente la forma; para él, por el contrario, la mano, alejada de toda voz, arrastrada por un mero gesto de inscripción (y no de expresión), traza un campo sin origen, o que, al menos, no tiene más origen que el mismo lenguaje, es decir, exactamente eso que no cesa de poner en cuestión todos los orígenes.
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Hoy en día sabemos que un texto no está constituido por una fila de palabras, de las que se desprende un único sentido, teológico, en cierto modo (pues sería el mensaje del Autor-Dios), sino por un espacio de múltiples dimensiones en el que se concuerdan y se contrastan diversas escrituras, ninguna de las cuales es la original: el texto es un tejido de citas provenientes de los mil focos de la cultura. Semejante a Bouvard y Pécuchet, eternos copistas, sublimes y cómicos a la vez, cuya profunda ridiculez designa precisamente la verdad de la escritura, el escritor se limita a imitar un gesto siempre anterior, nunca original; el único poder que tiene es el de mezclar las escrituras, llevar la contraria a unas con otras, de manera que nunca se pueda uno apoyar en una de ellas; aunque quiera expresarse, al menos debería saber que la «cosa» interior que tiene la intención de «traducir» no es en sí misma más que un diccionario ya compuesto, en el que las palabras no pueden explicarse sino a través de otras palabras, y así indefinidamente: aventura que le sucedió de manera ejemplar a Thomas de Quincey de joven, que iba tan bien en griego que para traducir a esa lengua ideas e imágenes absolutamente modernas, según nos cuenta Baudelaire, «había creado para sí mismo un diccionario siempre a punto, y de muy distinta complejidad y extensión del que resulta de la vulgar paciencia de los temas puramente literarios» (Los Paraísos Artificiales); como sucesor del Autor, el escritor ya no tiene pasiones, humores, sentimientos, impresiones, sino ese inmenso diccionario del que extrae una escritura que no puede pararse jamás: la vida nunca hace otra cosa que imitar al libro, y ese libro mismo no es más que un tejido de signos, una imitación perdida, que retrocede infinitamente.
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Una vez alejado el Autor, se vuelve inútil la pretensión de «descifrar» un texto. Darle a un texto un Autor es imponerle un seguro, proveerlo de un significado último, cerrar la escritura. Esta concepción le viene muy bien a la crítica, que entonces pretende dedicarse a la importante tarea de descubrir al Autor (o a sus hipóstasis: la sociedad, la historia, la psique, la libertad) bajo la obra: una vez hallado el Autor, el texto se «explica», el crítico ha alcanzado la victoria; así pues, no hay nada asombroso en el hecho de que, históricamente, el imperio del Autor haya sido también el del Crítico, ni tampoco en el hecho de que la crítica (por nueva que sea) caiga desmantelada a la vez que el Autor. En la escritura múltiple, efectivamente, todo está por desenredar, pero nada por descifrar; puede seguirse la estructura, se la puede reseguir (como un punto de media que se corre) en todos sus nudos y todos sus niveles, pero no hay un fondo; el espacio de la escritura ha de recorrerse, no puede atravesarse; la escritura instaura sentido sin cesar, pero siempre acaba por evaporarlo: procede a una exención sistemática del sentido. Por eso mismo, la literatura (sería mejor decir la escritura, de ahora en adelante), al rehusar la asignación al texto (y al mundo como texto) de un «secreto», es decir, un sentido último, se entrega a una actividad que se podría llamar contrateológica, revolucionaria en sentido propio, pues rehusar la detención del sentido, es, en definitiva, rechazar a Dios y a sus hipóstasis, la razón, la ciencia, la ley.
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Volvamos a la frase de Balzac. Nadie (es decir, ninguna «persona») la está diciendo: su fuente, su voz, no es el auténtico lugar de la escritura, sino la lectura. Otro ejemplo, muy preciso, puede ayudar a comprenderlo: recientes investigaciones (J.-P. Vernant) han sacado a la luz la naturaleza constitutivamente ambigua de la tragedia griega; en ésta, el texto está tejido con palabras de doble sentido, que cada individuo comprende de manera unilateral (precisamente este perpetuo malentendido constituye lo «trágico»); no obstante, existe alguien que entiende cada una de las palabras en su duplicidad, y además entiende, por decirlo así, incluso la sordera de los personajes que están hablando ante él: ese alguien es, precisamente, el lector (en este caso el oyente). De esta manera se desvela el sentido total de la escritura: un texto está formado por escrituras múltiples, procedentes de varias culturas y que, unas con otras, establecen un diálogo, una parodia, una contestación; pero existe un lugar en el que se recoge toda esa multiplicidad, y ese lugar no es el autor, como hasta hoy se ha dicho, sino el lector: el lector es el espacio mismo en que se inscriben, sin que se pierda ni una, todas las citas que constituyen una escritura; la unidad del texto no está en su origen, sino en su destino, pero este destino ya no puede seguir siendo personal: el lector es un hombre sin historia, sin biografía, sin psicología; é! es tan sólo ese alguien que mantiene reunidas en un mismo campo todas las huellas que constituyen el escrito. Y ésta es la razón por la cual nos resulta risible oír cómo se condena la nueva escritura en nombre de un humanismo que se erige, hipócritamente, en campeón de los derechos del lector. La crítica clásica no se ha ocupado nunca del lector; para ella no hay en la literatura otro hombre que el que la escribe. Hoy en día estamos empezando a no caer en la trampa de esa especie de antífrasis gracias a la que la buena sociedad recrimina soberbiamente en favor de lo que precisamente ella misma está apartando, ignorando, sofocando o destruyendo; sabemos que para devolverle su porvenir a la escritura hay que darle la vuelta al mito: el nacimiento del lector se paga con la muerte del Autor.
1968, Manteia. La muerte del autor _ Roland Barthes.
- 28-09-2008 03:57 PM #246
un pésame?
- 28-09-2008 05:59 PM #247
UN PÁRRAFO
- 15-01-2009 11:23 PM #248
Alto Egel
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Había algo en esa é
oca del año que le deprimía profundamente; cielos encapotados y viento cortante, la caída de las hojas, el anochecer, oscurecía muy temprano, la noche llegaba antes de que te dieras cuenta. Es el terror. Es la desnudez del alma. Oye el susurro de las palomas. Aquí llega el invierno hasta la médula. Nosotros lo hemos liberado sobre la tierra. Seguramente existe una canción o un poema, alguna magia popular a la que podemos apelar para aliviar este miedo. El hombre de las nieves. Está aquí, en el paisaje y en el cielo. Lo hemos dejado suelto. Abrimos el terreno y aquí está. Cogió la Interestatal 45 en dirección sur. No quería que mataran a Leon. Experimentaba una saturada sensación de muerte, el temor en el blando tuétano de sus huesos, la parte succionable, ahora que se aproximaba a Galveston.
DON DELILLO, Libra
- 26-02-2009 12:37 PM #249
Las ciudades y la memoria. 2.
Al hombre que cabalga largamente por tierras selváticas le acomete el deseo de una ciudad. Finalmente llega a Isadora, ciudad donde los palacios tienen escaleras de caracol incrustadas con caracoles marinos, donde se fabrican según las reglas del arte catalejos y violines, donde cuando el forastero está indeciso entre dos mujeres encuentra siempre una tercera, donde las riñas de gallos degeneran en peleas sangrientas entre los apostadores. Pensaba en todas estas cosas cuando deseaba una ciudad. Isadora es, pues, la ciudad de sus sueños; con una diferencia. La ciudad soñada lo contenía joven; a Isadora llega con avanzada edad. En la plaza está la pequeña pared de los viejos que miran pasar la juventud; el hombre está sentado en fila con ellos. Los deseos son ya recuerdos.
CALVINO, Italo, Las ciudades invisibles, Buenos Aires, Minotauro, 1984, p. 18.
- 26-02-2009 03:08 PM #250
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Las ciudades invisibles
- 01-03-2009 06:58 AM #251
"Great God! If for one instant I had thought what might be the hellish intention of my fiendish adversary, I would rather have banished myself forever from my native country and wandered a friendless outcast over the earth than have consented to this miserable marriage. But, as if possessed of magic powers, the monster had blinded me to his real intentions; and when I thought that I had prepared only my own death, I hastened that of a far dearer victim"
Victor Frankenstein
- 03-03-2009 12:19 AM #252
En la madurez hay misterio, hay confusión. Lo que más hallo en este momento es una suerte de soledad. La belleza misma del mundo visible parece derrumbarse, sí, incluso el amor. Creo que ha habido un paso en falso, un viraje equivocado, he tomado un desvío erróneo, pero no sé cuándo sucedió ni tengo esperanza de encontrarlo.
John Cheever, en Diarios.
- 08-03-2009 10:18 PM #253
- Mirémonos a la cara. Nosotros somos hiperbóreos, -sabemos muy bien cuán aparte vivimos. Ni por tierra ni por agua encontrarás el camino que conduce a los hiperbóreos; ya Píndaro supo esto de nosotros. Más allá del norte, del hielo, de la muerte - nuestra vida, nuestra felicidad... Nosotros hemos descubierto la felicidad, nosotros sabemos el camino, nosotros encontramos la salida de milenios enteros de laberinto. ¿Qué otro la ha encontrado? - Acaso el hombre moderno? Yo no sé qué hacer; yo soy todo eso que no sabe qué hacer - suspira el hombre moderno. De esa modernidad hemos estado enfermos, - de paz ambigua, de compromiso cobarde, de toda la virtuosa suciedad propia del sí y el no modernos. Esa tolerancia y largeur de corazón que perdona todo porque comprende todo es scirocco para nosotros. ¡Preferible vivir en medio del hielo que entre virtudes modernas y otros vientos del sur!... Nosotros fuimos suficientemente valientes, no tuvimos indulgencia ni con nosotros ni con los demás; pero durante largo tiempo no supimos a dónde ir con nuestra valentía. Nos volvimos sombríos, se nos llamó fatalistas. Nuestro fatum - era la plenitud, la tensión, la retención de las fuerzas. Estábamos sedientos de rayo y de acciones, permanecíamos lo más lejos posible de la felicidad de los débiles, de la resignación... Había en nuestro aire una tempestad, la naturaleza que nosotros somos se entenebrecía - pues no teníamos ningún camino. Fórmula de nuestra felicidad; un sí, un no, un línea recta, una meta...
F.Nietzche: El anticristo.
- 17-03-2009 02:37 AM #254
Nadie es mi nombre; así me llaman.
Nadie mi madre y mi padre
y los compañeros que traigo conmigo.
Homero, Odisea IX
- 17-03-2009 03:17 AM #255
- 17-03-2009 03:18 AM #256
En el almacén de repuestos trabajaba cada vez menos. El señor Mantz, el dueño, se acercaba hasta el oscuro rincón donde yo estaba agachado poniendo con desgana nuevas piezas en los estantes y me preguntaba:
—Chinaski, ¿se encuentra bien?
—Sí.
—¿No está enfermo?
—No.
Entonces Mantz se alejaba. La escena se repitió una y otra vez con mínimas variaciones. Una vez me sorprendió haciendo un dibujo del callejón, de vuelta de uno de mis recados. Mis bolsillos estaban repletos de dinero de apues¬tas. Las resacas no eran tan malas, teniendo en cuenta que eran causadas por el mejor whisky que el dinero po¬día comprar.
Seguí allí dos semanas más recibiendo mis cheques. Entonces, un miércoles por la mañana, Mantz me espe¬ró plantado junto a la línea central de repisas cercana a su oficina. Me llamó con un gesto. Cuando entré en su oficina, había vuelto a sentarse detrás de su escritorio.
—Siéntese, Chinaski.
En el centro del escritorio había un cheque, puesto boca abajo. Cogí el cheque deslizándolo por la mesa de cristal y me lo guardé en la cartera sin mirarlo.
—¿Sabí ;a ya que íbamos a despedirle?
—No, pero a los patrones no cuesta mucho adivinarles las intenciones.
—Chinaski, no ha dado golpe en todo el mes, y lo sabe.
—Un hombre se rompe el alma trabajando y ustedes no lo aprecian.
—Usted no se ha estado rompiendo el alma, Chinaski.
Me quedé mirándome los zapatos durante un rato. No sabía qué decir. Entonces le miré.
—Le he estado dando mi tiempo. Es todo lo que tengo que dar, es todo lo que un hombre tiene. Por un cochino dólar cada cuarto de hora.
—Acuérdese de que nos suplicó por este trabajo. Dijo que el trabajo era su segundo hogar.
—...dándol e mi tiempo para que usted pueda vivir en su mansión en lo alto de la colina y tener los lujos que desee. Si hay alguien que haya perdido en este trato, en este puto arreglo ...ese he sido yo, ¿entiende?
—Está bien, Chinaski.
—¿Está ; bien?
—Sí. Váyase.
Me quedé allí de pie. Mantz estaba vestido con un conservador traje marrón, camisa blanca y corbata rojo oscura. Traté de acabar la discusión con algo tajante.
—Mantz, quiero mi seguro de paro. No quiero tener ningún problema con eso. Ustedes siempre están tratando de arrebatarle a un obrero sus derechos. Así que no me ponga ningún problema o volveré aquí y se las tendrá que ver conmigo.
—Conseguirá ; el subsidio. ¡Ahora lárguese de una puñe-tera vez!
Me largué de una puñetera vez.
de factotum de bukowski (como todo era genial busque un poco y saque este, pero es todo genial genial)
- 17-03-2009 03:56 AM #257
"Asombroso"
de Henry Hu (detective chino en Super Agente 86)
- 17-03-2009 04:08 AM #258
llegue a la conclusion de que este thread es excelente para poner en favoritos y entrar a leer cada tanto
- 17-03-2009 01:18 PM #259
Alto Egel
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Amó a Don Armour por levantarse y por rodearla con sus brazos y por no importarle que fuera una niña pequeña. La llevó a la cama, le buscó un pijama, la ayudó a ponerse la parte de arriba. De rodillas junto a la cama, le subió la sábana hasta los hombros y le acarició la cabeza como solía hacer -Denise no tuvo más remedio que suponerlo así- con sus hijas. Siguió en ello hasta adormecerla casi por completo. Luego, el ámbito de sus caricias se extendió a regiones que -cabía suponer, también- excedían los límites de lo tolerable, con sus hijas. Denise trató de seguir medio dormida, pero él la abordó con más insistencia, con más uñas. La tocara donde la tocara, o le hacía cosquillas o le hacía daño; y, cuando llevó su osadía al extremo de quejarse, experimentó por primera vez la mano de un hombre apretándole la cabeza, empujándosela hacia atrás.
de Las correcciones de Johnatan Franzen
- 18-03-2009 06:48 PM #260
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Real, si bien el Cuaderno rojo se lee rá
ido cuando hice el comentario aquél, me equivoqué, quise decir "La invensión de la soledad", Lo aclaré unos postes desp.,
Ese libro tiene q ver con el verdadero padre, tal vez tambien con el padre interior. recomiendolo
- 18-03-2009 07:29 PM #261
si, despues vi tu correccion
- 03-05-2009 01:54 PM #262
Así habría de experimentarlo Hans Castorp. No tenía la intención de tomar este viaje particularmente en serio, de dejar que afectase a su vida interior. Más bien pensaba realizarlo rápidamente, hacerlo porque era preciso, regresar a su casa siendo el mismo que había partido y reanudar su vida exactamente en el mismo punto en que había tenido que abandonarla por un instante. Ayer aún estaba absorbido por completo por el curso ordinario de sus pensamientos, ocupado en el pasado más reciente su examen, y en el porvenir inmediato: el comienzo de sus prácticas en la empresa Tunder & Wilms (astilleros y talleres de maquinaria y calderería), y había lanzado su mirada más allá, de las tres semanas siguientes, con toda la impaciencia que su carácter le permitía. Sin embargo, tenía la sensación de que las circunstancias exigían su plena atención y que no era admisible tomarlas a la ligera. Sentirse transportado a regiones donde no había respirado jamás y donde, como ya sabía, reinaban condiciones de vida absolutamente inusuales, peculiarmente sobrias y frugales, comenzó a agitarle, produciendo en él cierta inquietud. La patria y el orden habían quedado no sólo muy lejos, sino que básicamente se encontraban a muchas toesas debajo de él, y el ascenso continuaba, agrandando el abismo cada vez más. En el aire, entre esas cosas y lo desconocido se preguntaba lo que sería de él allá arriba. ¿No sería imprudente y malsano que él, que había nacido y estaba habituado a respirar a tan sólo unos metros sobre el nivel del mar, se dejara llevar a esas regiones extremas sin pasar al menos unos pocos días en un lugar intermedio? Deseaba llegar, pues pensaba que, una vez arriba, se viviría como en todas partes y nada le recordaría, como ahora en aquella atroz subida, en qué esferas impropias se encontraba. Miró por la ventanilla. El tren serpenteaba sinuoso por un estrecho desfiladero; se veían los primeros vagones, y la máquina, que de tan duro esfuerzo vomitaba masas oscuras de humo, verdes y negras, que se llevaba el viento. A la derecha, el agua murmuraba en las profundidades; a la izquierda, entre bloques de rocas, oscuros abetos se dibujaban contra un cielo gris pétreo. Después venían varios túneles negros como pozos y, al hacerse de nuevo la luz, se abrieron profundísimos abismos con pequeñas aldeas en el fondo. Volvían a cerrarse y aparecían nuevos desfiladeros con restos de nieve en sus grietas y hendiduras. Se detuvieron ante pequeñas y miserables casetas de estación, en terminales que el tren abandonaba en sentido inverso, lo cual producía una enorme confusión, pues ya no era posible saber en qué dirección se iba ni recordar los puntos cardinales. Surgían grandiosas perspectivas del universo de picos y cordilleras de la alta montaña que allí se alzaba y se desplegaba, sagrado y fantasmagórico; y, ante la mirada de veneración del viajero que se acercaba y adentraba en él, se abrían y volvían a perderse tras un recodo del camino. Hans Castorp se dijo que, si no se equivocaba, debía de haber dejado atrás la zona de los árboles frondosos, y también la de los pájaros cantores; y esta idea de final, de empobrecimiento, hizo que, presa de un ligero vértigo y mareo, se cubriese la cara con las manos durante dos segundos. Enseguida se le pasó. Comprendió que la subida había terminado, y que habían superado el desfiladero. En medio de un valle, el tren rodaba ahora más facilmente.
Thomas Mann - La montaña mágica
- 03-05-2009 04:19 PM #263
Los dos hombres nacen el mismo día, a la misma hora. Sus vidas no se cruzan hasta que son enamorados por la misma mujer. Entonces se encuentran y pelean por ella. Uno de ellos obtiene la victoria y el amor. Al otro le corresponde el dolor, la humillación y quizá la muerte. Los astrólogos han previsto ese día el mismo horóscopo para los dos. Tal vez son erróneos los vaticinios.
O tal vez se equivoca uno al pensar que el amor y la muerte son destinos distintos
Alejandro Dolina
Crónicas del ángel grisÚltima edición por Princesa Leia; 03-05-2009 a las 04:22 PM
- 24-05-2009 11:26 AM #264
Alto Egel
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Como si estuviera desnudo
o al borde de nacer o morir,
en la terrible red del aire detenido,
en el trigésimo año de mi juventud.
Como el modelo no es vida
en el pincel, sino materia
que aún no imita la vida, inmóvil
permanezco dentro
de mi propia visión,
reconocible apenas
para quienes me aman,
sentado o súbitamente en pie,
y sobre un fondo gris
una ventana abierta
en que no se distinguen
un paisaje o el mar.
Bien podía latir el corazón,
pero no hablo del corazón,
y la palabra bien podía cantar,
pero no hablo de la palabra.
Rodearme podría de esperanza o de júbilo,
mas otra es la pasión
de esta hora vacía
de historia o de futuro.
En la estancia desnuda
con una ventana abierta a la continuidad de lo gris
o al pensamiento, el hombre no conserva
ningún vínvulo cierto, personal,
con su vida.
Soledad,
no de ti. Sed, pero no de agua.
El centro está en lo gris
y en la inmovilidad, no en la acción.
El centro es el vacío.
Objeto
ciego de mi propia visión, petrificado
perfil de niño tenebroso,
el hombre que contemplo no desciende
de su memoria sino de su olvido.
¿Cómo podría pues reconocerlo
en la presencia opaca de otras vidas,
en los lentos cadáveres perdidos
bajo los puentes rotos
de otro país al que pertenecimos;
o bien en la terrible
representación ritual de viejas fórmulas
por las que aún debemos
morir, aunque ellas mismas
ya nunca tendrán vida?
Memoria gris de otra primavera
que no podrá jamás romper el cerco,
el círculo secreto donde el aire
inmóvil cuenta el día
presente de mi vida
por años de otra luz que nunca vimos.
No sé por dónde,
en qué respiración o en qué latido
la esfera del reloj se abrirá en dos pedazos
ni cuál de ellos saltará hacia la sombra.
Lejos estoy del hombre que contemplo,
autor de breves
composiciones o supervivencias,
inmóvil frente al muro
secreto que separa
lo que no he conocido de cuanto desconozco.
En el umbral del año,
en la explosión del límite,
el alba es un comienzo,
nunca un adiós.
Aguardo,
zarpa cruel de la esperanza, un día
tu bautizo sangriento.
JOSÉ ÁNGEL VALENTE, El autor en su treinta aniversario
EDIT: Cámbienlo por el post del otro thread :PÚltima edición por Liqu1d; 24-05-2009 a las 03:40 PM
- 06-06-2009 06:28 AM #265
- 06-06-2009 07:24 AM #266
Esto es lo que debemos hacer. Cuando estemos más allá de la niebla, será el momento exacto para desatar el agente de distorsión. Si, sabemos que no es lo que cualquier ZC² haría en esta situación... Pero creemos que es la mejor posibilidad.
En cuanto sepamos las coordenadas meridionales, estaremos a total alcance de su influencia.
- 06-06-2009 08:25 AM #267
MANUELITA VIVIA EN PEHUJÓ, PERO UN DIA SE CANSÓ, NADIE SUPO BIEN POR QUÉ, A PARIS ELLA SE FUÉ aa!
MANUELITA (PLA PLA PLA)*- O SEA APLAUSOS- MANUELITA PLAPLAPLA
MANUELITA NOSE QUÉ
y termina la canción, la mejor del mundo
- 06-06-2009 08:26 AM #268
pasa mi mensaje locooooooooo
- 02-07-2009 06:42 PM #269
Una vez, mientras yo estaba enterrando a uno de mis egos, se acercó a mí el sepulturero, para decirme:
-De todos los que vienen aquí a enterrar a sus egos muertos, sólo tú me eres simpático.
-Me halagas mucho -le repliqué-; pero, ¿por qué te inspiro tanta simpatía?
-Porque todos llegan aquí llorando -me contestó el sepulturero-, y se van llorando; sólo tú llegas riendo, y te marchas riendo, cada vez.
- 02-07-2009 07:32 PM #270
En ingles es mucho mas poético y llega mas profundo, pero que va:
"Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, aún sigue posado
en el pálido busto de Palas.
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!"
El cuervo - Edgar Allan Poe
- 03-07-2009 12:12 AM #271
Pichón crecidito
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- 03-07-2009 11:57 AM #272
Gibrán Khalil Gibrán
- 03-07-2009 12:49 PM #273
por dios q buen thread... me encanta
- 06-12-2009 02:14 AM #274
bump.
este thread no debe morir jamás.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.
- 06-12-2009 04:05 AM #275
el nieto del pap que creó beavis and butthead de pronto se creía gracioso y flashó padre de familia y esa mierda
lo peor es que nadie le puede avisar que NO, porque es como el reggaeton peor a escala mundial, qué asco. por lo menos hay un arte meridional que tiré hace como 6 meses
- 11-12-2009 02:53 PM #276
"- Las cosas que vemos -dijo Pistorius con voz apagada - son las mismas cosas que llevamos en nosotros. No hay más realidad que la que tenemos dentro. Por eso la mayoría de los seres humanos vive tan irrealmente; porque cree que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su propio mundo interior manifestarse. Se puede ser muy feliz así, desde luego. Pero cuando se conoce lo otro, ya no se puede elegir el camino de la mayoría. Sinclair, el camino de la mayoría es fácil, el nuestro difícil. Caminemos."
[Fragmento: Demian de Herman Hesse - cap.6]
- 12-12-2009 01:06 PM #277
Pichón
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Después de haber vivido en Westminster—¿cuántos años llevaba ahora allí?, más de veinte—, una siente, incluso en medio del tránsito, o al despertar en la noche, y de ello estaba Clarissa muy cierta, un especial silencio o una solemnidad, una indescriptible pausa, una suspensión (aunque esto quizá fuera debido a su corazón, afectado, según decían; por la gripe), antes de las campanadas del Big Ben. ¡Ahora! Ahora sonaba solemne. Primero un aviso, musical; luego la hora, irrevocable. Los círculos de plomo se disolvieron en el aire. Mientras cruzaba Victoria Street, pensó qué tontos somos. Sí, porque sólo Dios sabe por qué la amamos tanto, por que la vemos así, creándose, construyéndose alrededor de una, revolviéndose, renaciendo de nuevo en cada instante; pero las más horrendas arpías, las más miserables mujeres sentadas ante los portales (bebiendo su caída) hacen lo mismo; y tenía la absoluta certeza de que las leyes dictadas por el Parlamento de nada servían ante aquellas mujeres, debido a la misma razón: amaban la vida. En los ojos de la gente, en el ir y venir y el ajetreo; en el griterío y el zumbido; los carruajes, los automóviles, los autobuses, los camiones, los hombres-anuncio que arrastran los pies y se balancean; las bandas de viento; los organillos; en el triunfo, en el campanilleo y en el alto y extraño canto de un avión en lo alto, estaba lo que ella amaba: la vida, Londres, este instante de junio.
Párrafo de: "La Señora Dalloway"
Virginia Woolf.
- 11-01-2010 01:01 AM #278
Las argentinas y los argentinos vivimos en un mundo gobernado por el miedo, la violencia, la sospecha sobre el otro, el individualismo, la acumulación y el egoísmo. El distanciamiento de nuestro propio deseo y la sumisión al deseo social nos empujan a la alienación y la masificación. La "sociedad del miedo" se caracteriza por la desconfianza, la violencia reactiva, las relaciones light, el sinsentido vital, la subversión de los valores. (pedacito de la sinopsis)
La sociedad de los miedos - Pacho O'Donell
Mañana edito con algo mejor, no me traje el libro.Última edición por SoyRafael; 11-01-2010 a las 01:07 AM




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